Marco Rubio viajará a Colombia, Ecuador y Perú del 8 al 10 de septiembre. El Departamento de Estado ha definido oficialmente tres grandes asuntos: la ayuda estadounidense a Colombia tras el terremoto de agosto, la cooperación contra el «narcoterrorismo» y el fortalecimiento de las relaciones comerciales. Rubio se reunirá con el nuevo Gobierno colombiano de Abelardo de la Espriella, con el presidente ecuatoriano Daniel Noboa y con la nueva mandataria peruana, de Keiko Fujimori.

Pero la selección de los tres destinos permite leer la gira en una clave más amplia.

Washington está construyendo una red de gobiernos que comparten, con distintos grados de intensidad, una visión más dura sobre seguridad, narcotráfico y crimen organizado y una mayor disposición a estrechar la cooperación con Estados Unidos. Colombia acaba de abandonar cuatro años de la Administración de izquierda de Gustavo Petro; Perú acaba de elegir a Fujimori, una figura conservadora; y Ecuador se ha convertido bajo Noboa en uno de los socios más activos de Washington en la lucha contra las organizaciones criminales.

El mensaje político es difícil de ignorar: la Administración Trump parece estar aprovechando el nuevo mapa político latinoamericano para institucionalizar alianzas con gobiernos que considera más compatibles con su visión hemisférica.

La gira de Rubio, por tanto, no es únicamente una visita diplomática. Es también una operación de consolidación de alianzas.