Sin dolor, sin fiebre y, muchas veces, sin un solo síntoma. Así avanza la enfermedad del hígado graso, una condición que los especialistas describen como un “enemigo silencioso” porque puede pasar años sin ser detectada, mientras acumula grasa en el principal órgano metabólico del cuerpo humano.
Se calcula que alrededor del 30% de la población adulta mundial la padece, una cifra que crece en paralelo con la obesidad, la diabetes tipo 2 y el sedentarismo. En 2023, las principales sociedades científicas internacionales acordaron un cambio de nombre: la antigua “enfermedad del hígado graso no alcohólico” (NAFLD) pasó a denominarse enfermedad hepática esteatósica asociada a disfunción metabólica (MASLD), para subrayar su vínculo con el metabolismo y dejar atrás un término que, según los expertos, resultaba estigmatizante e impreciso.
Se trata de la acumulación excesiva de grasa en las células del hígado. Se considera que existe esteatosis hepática cuando la grasa supera el 5% del peso del órgano. En una primera etapa suele ser benigna y reversible, pero si la inflamación persiste, puede evolucionar a esteatohepatitis (MASH), luego a fibrosis, cirrosis y, en los casos más graves, a cáncer de hígado o insuficiencia hepática.
La principal dificultad es que el órgano no duele. El hígado carece de receptores sensibles al dolor en su interior, por lo que el daño puede avanzar durante años de forma muda. Cuando aparecen síntomas, como cansancio persistente, molestias en la parte superior derecha del abdomen, pérdida de apetito o, en etapas avanzadas, coloración amarillenta de piel y ojos, la enfermedad suele estar más evolucionada.
La causa más frecuente es el desequilibrio metabólico. Entre los factores de riesgo más importantes se encuentran:
- Sobrepeso y obesidad, especialmente la grasa acumulada en la zona abdominal.
- Resistencia a la insulina y diabetes tipo 2, presentes en una gran proporción de los pacientes.
- Colesterol y triglicéridos elevados (dislipidemia).
- Hipertensión arterial, que forma parte del llamado síndrome metabólico.
- Alimentación rica en ultraprocesados, azúcares y bebidas azucaradas, en particular la fructosa en exceso.
- Sedentarismo.
- Consumo de alcohol, que da origen a la variante alcohólica de la enfermedad.
- Factores genéticos, ciertos medicamentos, el síndrome de ovario poliquístico y la pérdida rápida de peso.
Un dato que desmonta un mito frecuente: no es una enfermedad exclusiva de personas con obesidad. También puede aparecer en personas delgadas con mala alimentación, poca masa muscular o predisposición genética. Además, hoy se diagnostica cada vez más en niños y adolescentes, reflejo del aumento de la obesidad infantil.
Cómo se diagnóstica
Dado que no da síntomas claros, el hallazgo suele ser casual: una ecografía abdominal o un análisis de sangre con enzimas hepáticas (transaminasas) alteradas. Para evaluar el grado de daño, los médicos recurren a herramientas no invasivas, como índices de laboratorio y la elastografía hepática (FibroScan), que mide la rigidez del hígado y permite detectar fibrosis. En casos seleccionados, puede ser necesaria una biopsia.
Los especialistas recomiendan que las personas con diabetes, obesidad o síndrome metabólico se realicen controles hepáticos periódicos, aunque se sientan bien.
Tratamiento: la buena noticia
Aquí está el aspecto más alentador: en sus etapas iniciales, el hígado graso es reversible. El pilar del tratamiento sigue siendo el cambio de hábitos:
- Bajar de peso de forma gradual. Perder entre el 7% y el 10% del peso corporal puede reducir la grasa hepática y la inflamación, e incluso revertir parte de la fibrosis. Las dietas extremas no son recomendables, ya que la pérdida brusca puede empeorar el cuadro.
- Alimentación saludable. La dieta mediterránea es la más respaldada por la evidencia: abundantes verduras, frutas, legumbres, pescado, frutos secos y aceite de oliva, con menos azúcares añadidos, harinas refinadas, carnes procesadas y bebidas azucaradas.
- Actividad física regular. Al menos 150 minutos semanales de ejercicio moderado, combinando trabajo aeróbico y de fuerza. El ejercicio mejora la grasa hepática incluso sin una gran pérdida de peso.
- Control de enfermedades asociadas. Manejar adecuadamente la diabetes, el colesterol y la presión arterial.
- Limitar o evitar el alcohol, según la indicación médica.
En cuanto a los fármacos, durante años no existió ningún medicamento específico. Esto empezó a cambiar: en 2024, la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) aprobó resmetirom para la esteatohepatitis con fibrosis moderada a avanzada, y se estudian y utilizan también medicamentos para la diabetes y la obesidad con efectos favorables sobre el hígado. Su indicación corresponde siempre al especialista. En los casos de cirrosis avanzada o insuficiencia hepática, el trasplante puede ser la única opción.
Prevención: un asunto de salud pública
Los expertos insisten en que no existen “tés depurativos” ni productos milagrosos para “desintoxicar” el hígado, y advierten sobre la automedicación y los suplementos sin control, que pueden ser dañinos para el propio órgano. La prevención pasa por una alimentación equilibrada, movimiento diario, peso saludable y chequeos periódicos.
Frente a una enfermedad que no avisa, la mejor estrategia es anticiparse. Detectarla a tiempo permite frenarla y, en muchos casos, revertirla. El hígado es un órgano con una notable capacidad de regeneración, pero necesita que se le dé la oportunidad de recuperarse.























