La insatisfacción humana parece estar relacionada con nuestra evolución y el papel esencial de la dopamina en nuestro cerebro. Las expectativas y la realidad a menudo colisionan, lo que lleva a un sentimiento persistente de deseo y frustración.
Una guerra con nosotros mismos, de querer tenerlo todo y siempre buscar más, porque no nos conformamos, y a una meta lograda se crea otra. Desde el punto de vista de la motivación es vital, pero igual genera frustraciones, sobre expectativas, que no siempre pueden cumplirse.
Este neurotransmisor, comúnmente asociado con la búsqueda del placer, en realidad condiciona nuestras acciones y decisiones, impulsa la memoria y está más vinculado a la sorpresa que a la satisfacción.
Casos históricos, como la encefalitis letárgica, ilustran la desesperante falta de motivación y acción que conlleva la ausencia de dopamina. La necesidad constante de esta sustancia es evidente en toda actividad humana.
¿Por qué buscamos más?
La búsqueda de una mayor satisfacción parece ser un proceso evolutivo. La dopamina impulsa a los individuos a perseguir nuevas experiencias y enfrentar desafíos, lo cual es clave para la supervivencia a largo plazo.
Experimentos con animales, como las palomas, demuestran que la imprevisibilidad de las recompensas, semejante a las dinámicas de las redes sociales, puede incrementar la motivación y el compromiso, a menudo de manera adictiva.
Búsqueda de nuevas experiencias
La insatisfacción puede ser vista como un motor evolutivo que promueve el descubrimiento y la adaptación. Además, la necesidad de variar nuestras experiencias es fundamental para el crecimiento personal y social.
No obstante, la dopamina es mal comprendida, se entiende desde su función más básica: como una “sustancia química del placer”.
Esta explicación es útil como primera aproximación, pero es incorrecta, refiere Nikolay Kukushkin, profesor clínico asociado de Ciencias de la Vida e investigador del Centro de Ciencias Neurales de la Universidad de Nueva York, en BBC Future. “El problema es que la dopamina en realidad no causa placer”, asevera.
Explica que no se trata de placer, sino de memoria. La dopamina ayuda al cerebro a recordar qué acciones condujeron al éxito. Se libera dopamina y entonces los recuerdos se almacenan mejor, como si la dopamina le dijera al cerebro: “En el futuro, haz más de lo que acabas de hacer”.
Su papel en la disfunción motivacional y la depresión
La dopamina juega un papel central en la disfunción motivacional y la depresión, principalmente a través de su influencia en los sistemas de recompensa y motivación del cerebro. Niveles bajos de esta neurotransmisora se asocian con síntomas como anhedonia, apatía y falta de iniciativa.
Rol en la motivación. La dopamina, especialmente en la vía mesolímbica, regula el arousal motivacional, la predicción de recompensas y la atribución de saliencia a estímulos incentivadores. Su déficit provoca apatía, fatiga mental y reducción en la persistencia hacia objetivos, convirtiendo tareas placenteras en abrumadoras.
Conexión con la depresión. En la depresión mayor, se observa una hipoactividad dopaminérgica en regiones como el núcleo accumbens y el estriado ventral, lo que explica síntomas como anhedonia anticipatoria (falta de motivación para buscar recompensas) y déficits en la toma de decisiones. La hipótesis dopaminérgica propone que esta disfunción contribuye a subtipos de depresión resistente al tratamiento, reversible en algunos casos por agonistas dopaminérgicos.
Evidencia científica. Estudios clínicos muestran que bajos niveles de dopamina en el sistema mesolímbico sustentan síntomas retardados en depresión, mientras que interacciones con inflamación inmune amplifican déficits motivacionales en jóvenes. Antidepresivos que elevan dopamina, como inhibidores de MAO, mejoran la motivación en estos casos.
La dopamina en un contexto de redes sociales
Las redes sociales activan el sistema de recompensa cerebral liberando dopamina de manera intermitente, similar a una máquina tragamonedas, lo que genera placer inmediato pero también dependencia. Este ciclo contribuye a la insatisfacción humana al desensitizar el cerebro ante recompensas naturales y fomentar comparaciones constantes con vidas idealizadas en línea.
Las notificaciones, likes y scrolls infinitos provocan picos rápidos de dopamina, un neurotransmisor ligado a la motivación y el placer. Estudios muestran que un mayor uso de redes sociales correlaciona con mayor activación en regiones cerebrales de recompensa, como halló Lin et al. en 2020. Sin embargo, esta estimulación excesiva reduce la sensibilidad dopaminérgica con el tiempo, haciendo que actividades cotidianas parezcan menos gratificantes.
El diseño de plataformas explota la imprevisibilidad de recompensas sociales, lo que genera ansiedad, FOMO (miedo a perderse algo) y baja autoestima por comparaciones. Esto lleva a desensibilización emocional, depresión y dificultad para concentrarse, ya que el cerebro prioriza estímulos digitales sobre interacciones reales. En jóvenes, el impacto es mayor por la vulnerabilidad cerebral en desarrollo.
























