El humo negro de los incendios en edificios arrasados y el olor de cuerpos en descomposición se extendían el jueves por las calles en ruinas, ocho días después de los devastadores sismos que azotaron Venezuela, al tiempo que los equipos de rescate se aferraban a un hilo de esperanza de aún encontrar sobrevivientes atrapados bajo los escombros.
El jueves por la mañana, cuando las autoridades trasladaban bolsas para cadáveres y apilaban ataúdes en la ciudad portuaria de Catia La Mar, la alegría se abrió paso brevemente entre el sufrimiento generalizado que ha cubierto el norteño estado venezolano de La Guaira, cuando los equipos de rescate sacaron de entre los escombros a un hombre de 43 años que había permanecido sepultado durante casi ocho días.
El gobierno de Venezuela informó que, hasta el miércoles, al menos 2.295 personas habían muerto y más de 11.000 habían resultado heridas. Miles más dormían en refugios abarrotados o al aire libre, o seguían desaparecidas al tiempo que familiares buscaban entre los escombros. Las secuelas preocupan a los médicos, que temen que las consecuencias puedan allanar el camino hacia una creciente crisis médica, con lesiones sin tratar y enfermedades infecciosas, en un sistema de salud que de antemano se encontraba al borde del colapso.
La presidenta encargada Delcy Rodríguez siguió enfrentando crecientes críticas de los venezolanos por el manejo inadecuado del gobierno ante los sismos —los esfuerzos de rescate civiles e internacionales han superado con creces la respuesta del gobierno venezolano.
Rescatistas de todo el continente trabajaron durante unas 100 horas para sacar a Hernán Alberto Gil Flores del centro comercial derrumbado bajo el cual había quedado atrapado en una bolsa de aire. El hombre sobrevivió con el agua y el sustento que los rescatistas le pasaban a través de los escombros. Lo sacaron de las ruinas en una camilla y lo llevaron a una ambulancia ante los vítores de multitudes de personas en un inusual momento de victoria.
























