Cada año, el cáncer de piel se consolida como el tipo de cáncer más diagnosticado en el mundo. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), entre 2 y 3 millones de casos de cáncer de piel no melanoma y más de 132,000 melanomas malignos ocurren globalmente cada año.

A pesar de ser uno de los tumores con mayor posibilidad de detección temprana —al manifestarse directamente sobre la superficie del cuerpo—, sigue siendo subvalorado, malentendido y, en muchos casos, detectado tarde. La confusión entre sus distintos tipos, la normalización de ciertos cambios en la piel y los mitos sobre quiénes pueden padecerlo contribuyen a un diagnóstico tardío que puede costar la vida.

¿Por qué algunos son más peligrosos?

La diferencia en el comportamiento de estos tumores radica en su origen celular y en su capacidad de invasión. Los melanocitos, al ser células altamente móviles —su función natural es migrar y distribuirse durante el desarrollo—, tienen mayor facilidad para invadir otros tejidos. Los carcinomas, en cambio, suelen estar más “anclados” localmente, especialmente en sus etapas iniciales.

A esto se suma la velocidad de replicación celular y la respuesta del sistema inmunológico. Algunos cánceres de piel menos conocidos, como el carcinoma de células de Merkel —un tumor neuroendocrino raro pero extremadamente agresivo— o el dermatofibrosarcoma protuberans, también merecen atención, aunque su incidencia sea menor.

Factores de riesgo

Si bien la exposición a la radiación ultravioleta —tanto solar como de camas de bronceado— es el factor de riesgo más conocido, no es el único. La historia familiar, el tipo de piel, el sistema inmunológico debilitado, la exposición a ciertos químicos, las infecciones por virus del papiloma humano (VPH) y antecedentes de quemaduras solares en la infancia también elevan significativamente el riesgo.

Un error común es pensar que el cáncer de piel “solo le da a personas de piel clara”. Las personas de piel oscura también pueden desarrollarlo; de hecho, cuando lo hacen, suele diagnosticarse en estadios más avanzados porque existe menor sospecha clínica y menor vigilancia. El melanoma acral lentiginoso, que aparece en las palmas, plantas de los pies y debajo de las uñas, es el tipo más frecuente en personas de piel oscura y asiáticas, y fue el tipo que afectó al músico Bob Marley.

Detección temprana

La supervivencia a cinco años para un melanoma detectado en etapa localizada supera el 98%. Cuando ya se ha diseminado a órganos distantes, esa cifra cae a menos del 30%. Los números hablan por sí solos: la detección temprana no mejora el pronóstico, lo transforma radicalmente.

Los dermatólogos recomiendan el autoexamen mensual de la piel —revisando todo el cuerpo con la ayuda de espejos— y una consulta anual con un especialista para quienes tienen factores de riesgo. La dermatoscopía, una técnica que permite examinar las capas profundas de la piel con una lupa especial iluminada, ha revolucionado la capacidad de diagnóstico precoz.

Tratamiento: una respuesta a la medida

Al igual que su comportamiento, el tratamiento del cáncer de piel varía según el tipo, el estadio y la localización. Los carcinomas basocelulares de bajo riesgo pueden tratarse con cirugía simple, crioterapia o, en casos seleccionados, con cremas tópicas. Los carcinomas espinocelulares pueden requerir cirugía más amplia o radioterapia. El melanoma, dependiendo de su etapa, puede requerir cirugía, inmunoterapia, terapia dirigida con inhibidores moleculares, radioterapia o combinaciones de estas.

Los avances en inmunoterapia de los últimos quince años han transformado el panorama del melanoma avanzado. Medicamentos como los inhibidores de los puntos de control inmunológico han logrado respuestas duraderas en pacientes que anteriormente tenían muy pocas opciones.

Entender que no todos los cánceres de piel son iguales es, literalmente, una cuestión de supervivencia.

No todos son iguales

Cuando la mayoría de las personas escucha la palabra “cáncer de piel”, imagina una sola enfermedad. La realidad es considerablemente más compleja. El término agrupa a un conjunto de tumores malignos que se originan en distintas células de la piel, con comportamientos, velocidades de progresión, tratamientos y pronósticos radicalmente distintos. Confundirlos no es solo un error médico: puede ser fatal.

Los especialistas clasifican el cáncer de piel en tres grandes grupos principales: carcinoma basocelular, carcinoma espinocelular (o escamocelular) y melanoma. Los dos primeros se conocen en conjunto como “cánceres de piel no melanoma” y representan la amplia mayoría de los casos. El melanoma, aunque menos frecuente, es el más peligroso.

El carcinoma basocelular es el más común de todos. Se origina en las células basales, ubicadas en la capa más profunda de la epidermis. Crece lentamente, rara vez hace metástasis y, cuando se detecta a tiempo, tiene una tasa de curación cercana al 95%. Suele presentarse como una protuberancia perlada o rosada, una úlcera que no cicatriza o una lesión plana y de aspecto cicatricial. Aunque raramente mata, puede causar daño significativo si se deja avanzar, destruyendo tejidos y estructuras cercanas como el cartílago o el hueso.

El carcinoma espinocelular es el segundo en frecuencia. Nace en las células escamosas de la epidermis y tiene un comportamiento algo más agresivo: puede crecer hacia tejidos profundos y, en algunos casos, diseminarse a ganglios linfáticos u órganos distantes. Se presenta frecuentemente como una llaga que no sana, una costra escamosa o un nódulo firme. Está estrechamente vinculado a la exposición acumulada al sol a lo largo de los años, y tiene mayor prevalencia en personas de piel clara que han tenido exposición solar crónica.

El melanoma es el protagonista más temido. Aunque representa apenas el 1% de los cánceres de piel, es responsable de la gran mayoría de las muertes relacionadas con esta enfermedad. Se origina en los melanocitos, las células que producen melanina —el pigmento que da color a la piel—. Su capacidad para diseminarse rápidamente al sistema linfático y a otros órganos lo convierte en una urgencia médica cuando no se detecta pronto. La regla del ABCDE es la herramienta más difundida para su identificación temprana: Asimetría, Borde irregular, Color variado, Diámetro mayor a 6 mm y Evolución o cambio reciente. “Suele derivar de melanocitos, que son las células que forman los lunares. Estos melanocitos se malignizan y se convierten en tumorales”, detalló a EFE Salud el doctor Alberto Conde, especialista del Servicio de Dermatología del Hospital Clínico San Carlos de Madrid.