Xi aterrizó la tarde de este miércoles y, en un gesto muy infrecuente, el presidente estadounidense, Donald Trump, fue a recibirlo personalmente a la base Andrews.
Sin embargo, hay muy pocas expectativas de que la reunión entre Trump y Xi lleve a algún avance concreto que destrabe los desencuentros entre las dos potencias, como el tema de los aranceles o la competencia en torno al desarrollo de modelos de inteligencia artificial (IA).
La misión de tres días de Xi en Estados Unidos es la primera desde 2015, cuando Barack Obama estaba en la Casa Blanca, y su primera aparición en suelo estadounidense desde la APEC de 2023 en San Francisco, enmarcada como una «visita de Estado», según los deseos de Beijing.
En la filosofía mandarina, la forma es sustancia: el más alto nivel de ceremonial diplomático asignado al viaje de Xiincluye, entre otras cosas, guardias de honor, una salva de 21 cañonazos, una bienvenida formal en el jardín sur de la Casa Blanca y el inédito sobrevuelo de B-2 y F-22.
Con malestar bipartidista: «El invitado es un dictador brutal, opresivo y no electo, que busca dominar a los países vecinos y cuyo enorme arsenal militar apunta contra Estados Unidos», atacó Roger Wicker, presidente republicano de la Comisión de Fuerzas Armadas del Senado.
Trump, con un tratamiento de alfombra roja en respuesta al que Xi le reservó en Beijing en mayo, quiere apostar por las relaciones personales, mientras el Dragón espera que la misión proyecte la imagen de un presidente recibido ya como un igual.